Antes de llegar la luz eléctrica
se usaban varios métodos para alumbrarse. Los más usados eran los faroles y
candiles. Los faroles eran una especie de cubos acristalados y terminados en
forma piramidal con un asa terminal para trasportarlo de una parte a otra y
poder alumbrarse por la calle. El asa también servía para colgarlos en clavos o
cuerdas. Los más usados eran de petróleo, aceite o carburo.
Pero llegó la tecnología punta gracias a los hermanos Simón de Villaseco de los
Reyes, más conocidos por “los molineros”. Ellos tenían una aceña en el río (la
aceña del salto de las Estacas), Se les ocurrió cambiar las piedras de moler
los cereales y acoplarle al rodezno un
generador de luz con el que pudieron iluminar nuestras noches y muchos días de poca
luz.
Pero no fue tan fácil, porque nos
habían metido tanto miedo diciéndonos que era muy peligrosa, que nada mas de tocarle
a los cables te quedabas carbonizado, que el día que pusieron el transformador,
nada mas que salía corriendo uno diciendo “¡que viene, que viene!”, salíamos
todos de estampida. Y eso que en la escuela nos había dado unas clases de
electricidad Miguel García Delgado, más conocido por sacristán, que había echo
unos cursos de radio y como la electricidad es la ciencia madre sabía su funcionamiento.
Él tenía una magneto con unas bobinas y unos imanes que dándole vueltas con la
mano producía luz y encendía una bombilla. Como era corriente de baja
intensidad nos hacía coger los cables con las manos para ver la sensación que
hacia y aunque poco, hacia un cosquilleo que soltabas los cables rápido.
Todo esto ocurría los primeros días,
después todo eran maravillas, no tenías que atizar faroles ni candiles, no se
agotaban nunca, no tenías más que pellizcar la pared y se encendía la luz. ¡Y
qué luz comparada con la de los faroles!.
Lo peor de todo es que las líneas
que pusieron parecían que eran provisionales y a la menor alteración
atmosférica ya nos quedábamos sin luz: unas veces se cruzaban los cables, y
otras se caían los postes que eran de madera y se pudrían.
La suerte fue el empleado que tenían,
que parecía lo que se dice un chico para todo: hacía instalaciones, reparaba
averías o hacía de cobrador. Se llamaba Evangelista. Era un señor muy simpático
que tenía una moto medio destartalada, pero que llegaba siempre a solucionar
las averías. Era un hombre muy servicial. Tenía un aspecto más de maestro de escuela
que de obrero reparador por su aspecto bonachón. Yo le tenía mucha simpatía por
su buen carácter y por el espectáculo que daba cuando subía a los postes para
poder arreglar las averías gateando con los trepadores y se quedaba enganchado
a la parte de arriba prendido de ellos y del cinturón de seguridad. Le
llamábamos “el gato Evangelista” por la facilidad que tenía para subir a los
postes, casi igual que un gato cuando se sube a un árbol.
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| El señor Evangelista, encargado del mantenimiento de las primeras líneas eléctricas, sentado a la puerta de su casa |
Vicente del Arco
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Allá por el año 1928, un joven de unos 15 años, llamado Tomás Corredera (hermano de mi madre Ana María Corredera) hizo su experimento con la electricidad. En su barrio de Los Álamos donde vivía, en invierno pasaba un regato con su agua correspondiente, en el cual hizo una presa para contener el agua y con unos artilugios rudimentarios hacía producir energía eléctrica en pequeñas cantidades, todo un invento para su edad.
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