Hace tiempo
quería escribir sobre mis recuerdos en Monleras.
Recuerdos que
de forma asidua vienen a mi memoria. Creo que cuando se acerca el ocaso de una
vida hay que desenterrar la memoria, rescatarla del olvido, para que despierte
letargos y silencios y nos lleve a la convicción de lo felices que fuimos en otros
tiempos.
Después de
muchos años todavía mantengo lazos entrañables con este precioso pueblo. Los
monlerenses, gente de " bien hacer" conformaron mi carácter de niña
con una transmisión de valores, que he tratado de practicar y también de
transmitir a otros.
Llegué a
Monleras con apenas diez años, y al día de hoy, las vivencias de entonces
acuden generosas y como en un álbum a todo color, se cuelan en mi presente.
Al principio
la adaptación no fue fácil. Llegaba yo de un lugar lleno de colorido y luz, dónde
las costumbres y los talantes diferían mucho de lo que había en el pueblo. Si
bien, en aquel proceso de adaptación, crecí personalmente y adquirí
herramientas que me sirvieron mucho en el devenir de la vida.
A los niños de
mi edad les chocaba mi forma de hablar y de vestir; no entendían que me gustase
tanto bailar o tocar mis castañuelas y hasta arrancarme por La
Piquer. Siempre estaba alegre y contenta.
Un día
"actué" en el único teatro que entonces había. Mi madre me puso mi
bonito traje de gitana, mis collares y peinetas, mi mantón de Manila y mis
zapatitos rojos con lunares. ¡Yo estaba encantada!. Aunque pequeña, temía la
reacción de los asistentes. Me aplaudieron mucho y me sentí muy feliz. Yo creo
que aplaudieron mi desenfado y mi inocencia al subirme a aquel escenario. Con
el tiempo llegué a la conclusión de que ese día, marcó un punto de inflexión en
mis relaciones con los otros.
Mis padres me
ayudaron mucho en mi proceso de adaptación. Mi padre por dialogante, generoso y
cercano. Mi madre, recia castellana dónde las hubiera, me preparaba y
aleccionaba sobre las costumbres del pueblo para que yo encontrase mi sitio.
Era, cuanto
menos sorprendente, ver a mi madre bailar en nuestro patio cordobés, lleno de
macetas y cantarme las canciones de su Salamanca.
Años después,
en la fiesta de 'La
Pilarica' la vi bailar en Monleras a golpe de gaita y
tamboril y me pareció más charra que nunca, y también me pareció que había
espantado la nostalgia que sentía por su tierra. Muchas situaciones y personas,
vienen a mis recuerdos.
Mis escapadas
a la hora de la siesta
En una de esas
tardes, muy calurosa por cierto, me apropié de la bici con barra de mi hermano
(otro tanto hizo mi compañera de aventura, Tere la de Amando) y ¡Hala, a
Villaseco a coger moras! Caí en una cuneta, las zarzas me acribillaron, las
rodillas me sangraban y hasta las ortigas me saludaron efusivas. Había que volver
y me asustaba más la azotaina de mi madre que mi cuerpo dolorido. Por fortuna,
mi padre estaba en casa e hizo como siempre de contrapunto, zanjando la cuestión
a mi favor.
Sus puestas de
sol junto a la iglesia
Allí he sido
testigo de imágenes de cuento de hadas, con atardeceres imposibles de olvidar.
Las nubes ya de recogida, pasaban de elaborados cirros y montañitas de algodón,
con cara de querubines, a otras más oscuras que caían a los lados del
espléndido campanario de su bella iglesia. A él se agarraban, mimosas,
deshilachadas y hasta perezosas, pues no querían abandonar tanta belleza.
Actualmente,
este entorno rehecho, luce espectacular con un magnífico anfiteatro y otras
bien cuidadas estructuras; con el valor añadido de ser fruto de los hijos del
pueblo que con su trabajo y generosidad lo hicieron posible. Pero los monlerenses,
no disfrutan solos este espacio, sino que lo comparten y muestran orgullosos a
todos los que por allí quieran acercarse a
un lugar con historia.
La solemnidad
del jueves de Corpus
Cada año lo
esperábamos llenos de ilusión. Recuerdo la iglesia bien iluminada y engalanada
para la ocasión. Lucíamos las mejores ropas.
La procesión
discurría con solemnidad por las calles, llenas de flores que olían a rosas,
incienso y confraternidad.
La espiga de
una boda
Me encantaba
asistir a este evento. Recuerdo la mesa larga e improvisada, en medio del
campo, en la era. En ella se depositaban los regalos de los contrayentes.
Todavía oigo al pregonero: ¡Una manta del señor Mengano! ¡Dos sartenes del
señor Citano! y así hasta concluir la lista de regalos, tan alejadas de las
actuales listas de bodas que en alguna ocasión comprometen al invitado. Yo me agazapaba,
(con mi cuerpo
menudo de niña condenada al repugnante aceite de hígado de bacalao), divertida,
posicionándome muy cerquita de la mesa para no perder detalle. Y
mientras......tejía una historia: los
regalos entablaban una acalorada conversación disputándose su primacía. Ganaron
las sartenes que se impusieron a sartenazo limpio. Luego, ¡el baile!.
Aquello si que era divertido. Los lucidos zapatos de los bailarines (adultos,
niños, diestros o no pero con mucha entrega) por momentos, se iban cubriendo de
inmensas polvaredas que avanzaban sin piedad, piernas arriba. En este punto y
por mi tendencia a las analogías, el espectáculo se me antojo un lejano oeste,
de vaqueros polvorientos, pero sin caballos.
Monleras y sus
fuentes
De piedras
bien ensambladas, en una elegante bóveda, cuya base rectangular se asentaba
firmemente. En ella, motas grisáceas, de distinta intensidad, chisporroteaban
con la luz solar. Por su parte frontal y descubierta estaban los escalones. A
mí me parecían vigilantes que impedían otras desgracias. Los primeros peldaños
se veían muy bien, los cubría poco el agua. Después la profundidad de ésta se
hacia notar e impedía ver los siguientes con la nitidez de los primeros. Su
estructura era impecable. A estas preciosas y antiquísimas fuentes iba de vez
en cuando con Rosario (que fue y sigue siendo un miembro más de mi familia y
que nos ayudaba en casa), y mi cantarilla de barro y tapón de grueso corcho,
imitando a las mujeres que veía.
Permanecía
embobada, ante aquella cueva de piedra tan en armonía y me asomaba siempre que
me lo permitían para gritar eso de ¡Eco....Eco! que tanto me gustaba hacer. En
otras ocasiones, disfrutaba de otras fuentes, cuyo émbolo de hierro me tenia
fascinada.
Siempre me pareció
asombroso que aquel artilugio, aquel brazo tan original en sus movimientos
acompasados, pudiesen hacer brotar de las entrañas de la tierra, agua fresca y
cristalina como nunca había visto.
Recuerdo
también, la herrada para sacar agua y también recuerdo las diestras manos de
quienes la manejaban. Atada al extremo de una resistente soga, tenían que
hacerla caer hasta tocar el agua, de forma que la línea de flotación, fuese la
apropiada para llenarla. No era nada fácil, la herrada se resistía adoptando posiciones
nada adecuadas; pero ahí estaban las acertadas maniobras de las mujeres, que
con movimientos de vaivén conseguían colocarla correctamente. Después de llenar
la herrada, izaban la soga y el reluciente cubo, reposaba en el brocal para
luego llenar los cántaros que disciplinados aguardaban un riguroso turno.
Mientras, las mujeres hablaban en animada tertulia y se ponían al día de las últimas
novedades. A la vuelta, nos deteníamos en los regatos, por entonces muy
abundantes y si era la época cogíamos la deliciosa maruja, que había que limpiar muy bien antes de hacer la ensalada. Me
encantaba arrancar el musgo que crecía entre las peñas. Un musgo, que era una
mullida alfombra de un verde intenso, y que adornó los mejores nacimientos que
tuve por Navidad.
A medida que
aparecen los recuerdos, más me afianzo en la idea de que fui una afortunada
porque tuve una infancia feliz, creativa y plena; rica, además en elementos de
la naturaleza, muy presentes en mis juegos y otras actividades.
Por estos
parajes, saboree otro tipo de atardeceres también muy bellos. Como si se
tratara de la mejor paleta, un sol reventón se perdía en el horizonte de las
copas de las encinas en un espectáculo de pura magia y seducción.
¡Magnífico marco para sentir palomitas en el
estomago!
La trilla
El sol
implacable de Castilla, bañaba la era que acunaba parvas bien organizadas. En
ellas, yuntas obedientes, se movían a las órdenes del amo, a paso lento pero
eficaz. El trillo, se deslizaba sobre la mies con una cierta cadencia. El
labrador, se erguía sobre el trillo, con “su pica” y su sombrero. No portaba
yelmo, ni montaba Rocinante, pero en su majestuosidad, se adivinaba que era
buen conocedor del oficio.
La boyá
Miedo, casi
pavor, sentía al ver tantas reses juntas. Cuándo al atardecer regresaban al
pueblo, corría a refugiarme en mi casa. Hasta que escuchaba la lejanía de los
cencerros, y los bramidos me indicaban que ya estaban encerrados en sus
correspondientes tenadas, yo no volvía a la calle. Protegida detrás de mi
ventana, verles avanzar en tropel, ya era otra cosa...
Muchas
personas y momentos vienen a mi memoria. Citaré algunas
Tere, mi querida Tere, parte de mi familia, cómo nosotros de la suya.
Una persona inteligente, integra y muy fiel en los afectos.
Demetrio, su padre, hombre cercano, excelente conversador y de exquisitos
modales.
Braulio, el bueno de Braulio, con su sempiterna sonrisa, que nos despachaba
el bacalao en Cuaresma, sobre un grandísimo mostrador de madera. En él nos
envolvía los productos en papel de estraza casi de forma artesanal.
La casa de Áurea, que era también, un poco mi tía, donde íbamos a buscar la leche,
casi siempre al toque de oración.
Germán, excelente persona y magnifico artesano que nos dejó muy pronto.
De él conservé muchos años como un tesoro, el lavadero y la tajuela que me hizo
de juguete. Me gustaba "ser mayor" e imitar a las mujeres que
lavaban. ¡Dura faena la de entonces!. La mayoría de las veces, estas valientes
mujeres, antes de hacer la colada tenían que romper el carámbano, con sus manos
muy castigadas por el frío
El bar de
Belarmino
Allí Paca nos
ponía un platito de chochos y una gaseosa mientras los mayores tomaban “un
chato”.
Las tardes en
casa de Candida
Tardes muy placenteras,
en las que las pacientes Matea y Camila, me enseñaron el arte de hacer bolillos,
que aun practico. Su taller improvisado, se encontraba bajo el parral
espléndido, que a modo de techo, cubría el impoluto patio. Tampoco nos faltaban
los pájaros con sus alborotados trinos, que se mezclaban con el repiqueteo de los
bolillos en una bonita sinfonía.
La panadería
junto a mi casa
Hasta que mis
padres me lo explicaron, yo creía que aportando aquella tablilla, la tarja, en
la que hacían una muesca, me llevaba a casa un pan sin pagar nada.
Trini, el
zapatero
Tan afable
entre sus peculiares montones de zapatos, albarcas y botas muy deterioradas. Su
rústica mesa de trabajo era un batiburrillo de cordones, leznas, suelas, puntas
etc que dispuestas a reparar el calzado tan maltrecho.
Otro muchos
monlerienses me dejaron huella
Anselmo y
Teresa, siempre cariñosos, siempre serviciales
y de amena conversación.
Juan y Juliana excelentes personas y también excelentes maestros que formaron en
sus aulas excelentes alumnos, magníficamente
preparados para la vida.
Amando, Teresa
y sus hijos, cuya relación con mi familia,
siempre fue muy estrecha.
Olegario, Cesárea
y Olegarín, personas buenas donde las hubiera
y muy leales. Al citar a Olegarín, una ternura me invade, recordando a un niño
buenísimo e ingenuo, que siempre celebraba las bromas de mi padre y reía con sus
chistes.
Bernardita y
Conchita que desprendían bondad y dulzura por
dónde iban. Desgraciadamente también nos dejaron muy pronto. Injusticias de la
vida.
He dejado para
el final, por la profunda emoción que me produce, la estampa de tres muchachos,
inteligentes, nobles, seductores y muy amantes de la vida. Cándido, Ramón y Pedro,
mi hermano. !Tres espadas! a los que a veces había que imponerles un poquito de
cordura. De esto se ocupaba mi querido amigo Benito que lo hacia de
maravilla.
Comprensible es,
lo agradecida que estoy a cuántas personas me rodearon entonces. También quedo
agradecida, porque este sencillo recorrido por aquel tramo de mi vida, ha hecho
renacer en mí la esperanza de que vendrán tiempos mejores para todos.
Imposible nombrar
aquí a todos los monlerenses que para bien estuvieron en mi entorno y a los que
no he olvidado.
Al final ha
merecido la pena rescatar la memoria del
olvido y sentir que aquellos lazos de mi infancia y adolescencia en Monleras,
me envuelven de nuevo.
Tina