jueves, 29 de enero de 2015

AÑORANZA

Hace tiempo quería escribir sobre mis recuerdos en Monleras.
Recuerdos que de forma asidua vienen a mi memoria. Creo que cuando se acerca el ocaso de una vida hay que desenterrar la memoria, rescatarla del olvido, para que despierte letargos y silencios y nos lleve a la convicción de lo felices que fuimos en otros tiempos.

Después de muchos años todavía mantengo lazos entrañables con este precioso pueblo. Los monlerenses, gente de " bien hacer" conformaron mi carácter de niña con una transmisión de valores, que he tratado de practicar y también de transmitir a otros.

Llegué a Monleras con apenas diez años, y al día de hoy, las vivencias de entonces acuden generosas y como en un álbum a todo color, se cuelan en mi presente.

Al principio la adaptación no fue fácil. Llegaba yo de un lugar lleno de colorido y luz, dónde las costumbres y los talantes diferían mucho de lo que había en el pueblo. Si bien, en aquel proceso de adaptación, crecí personalmente y adquirí herramientas que me sirvieron mucho en el devenir de la vida.
A los niños de mi edad les chocaba mi forma de hablar y de vestir; no entendían que me gustase tanto bailar o tocar mis castañuelas y hasta arrancarme por La Piquer. Siempre estaba alegre y contenta.
Un día "actué" en el único teatro que entonces había. Mi madre me puso mi bonito traje de gitana, mis collares y peinetas, mi mantón de Manila y mis zapatitos rojos con lunares. ¡Yo estaba encantada!. Aunque pequeña, temía la reacción de los asistentes. Me aplaudieron mucho y me sentí muy feliz. Yo creo que aplaudieron mi desenfado y mi inocencia al subirme a aquel escenario. Con el tiempo llegué a la conclusión de que ese día, marcó un punto de inflexión en mis relaciones con los otros.
Mis padres me ayudaron mucho en mi proceso de adaptación. Mi padre por dialogante, generoso y cercano. Mi madre, recia castellana dónde las hubiera, me preparaba y aleccionaba sobre las costumbres del pueblo para que yo encontrase mi sitio.
Era, cuanto menos sorprendente, ver a mi madre bailar en nuestro patio cordobés, lleno de macetas y cantarme las canciones de su Salamanca.
Años después, en la fiesta de 'La Pilarica' la vi bailar en Monleras a golpe de gaita y tamboril y me pareció más charra que nunca, y también me pareció que había espantado la nostalgia que sentía por su tierra. Muchas situaciones y personas, vienen a mis recuerdos.

Mis escapadas a la hora de la siesta
En una de esas tardes, muy calurosa por cierto, me apropié de la bici con barra de mi hermano (otro tanto hizo mi compañera de aventura, Tere la de Amando) y ¡Hala, a Villaseco a coger moras! Caí en una cuneta, las zarzas me acribillaron, las rodillas me sangraban y hasta las ortigas me saludaron efusivas. Había que volver y me asustaba más la azotaina de mi madre que mi cuerpo dolorido. Por fortuna, mi padre estaba en casa e hizo como siempre de contrapunto, zanjando la cuestión a mi favor.

Sus puestas de sol junto a la iglesia
Allí he sido testigo de imágenes de cuento de hadas, con atardeceres imposibles de olvidar. Las nubes ya de recogida, pasaban de elaborados cirros y montañitas de algodón, con cara de querubines, a otras más oscuras que caían a los lados del espléndido campanario de su bella iglesia. A él se agarraban, mimosas, deshilachadas y hasta perezosas, pues no querían abandonar tanta belleza.
Actualmente, este entorno rehecho, luce espectacular con un magnífico anfiteatro y otras bien cuidadas estructuras; con el valor añadido de ser fruto de los hijos del pueblo que con su trabajo y generosidad lo hicieron posible. Pero los monlerenses, no disfrutan solos este espacio, sino que lo comparten y muestran orgullosos a todos los que por allí quieran acercarse a un lugar con historia.

La solemnidad del jueves de Corpus
Cada año lo esperábamos llenos de ilusión. Recuerdo la iglesia bien iluminada y engalanada para la ocasión. Lucíamos las mejores ropas.
La procesión discurría con solemnidad por las calles, llenas de flores que olían a rosas, incienso y confraternidad.


La espiga de una boda
Me encantaba asistir a este evento. Recuerdo la mesa larga e improvisada, en medio del campo, en la era. En ella se depositaban los regalos de los contrayentes. Todavía oigo al pregonero: ¡Una manta del señor Mengano! ¡Dos sartenes del señor Citano! y así hasta concluir la lista de regalos, tan alejadas de las actuales listas de bodas que en alguna ocasión comprometen al invitado. Yo me agazapaba,
(con mi cuerpo menudo de niña condenada al repugnante aceite de hígado de bacalao), divertida, posicionándome muy cerquita de la mesa para no perder detalle. Y mientras......tejía una historia: los regalos entablaban una acalorada conversación disputándose su primacía. Ganaron las sartenes que se impusieron a sartenazo limpio. Luego, ¡el baile!. Aquello si que era divertido. Los lucidos zapatos de los bailarines (adultos, niños, diestros o no pero con mucha entrega) por momentos, se iban cubriendo de inmensas polvaredas que avanzaban sin piedad, piernas arriba. En este punto y por mi tendencia a las analogías, el espectáculo se me antojo un lejano oeste, de vaqueros polvorientos, pero sin caballos.

Monleras y sus fuentes
De piedras bien ensambladas, en una elegante bóveda, cuya base rectangular se asentaba firmemente. En ella, motas grisáceas, de distinta intensidad, chisporroteaban con la luz solar. Por su parte frontal y descubierta estaban los escalones. A mí me parecían vigilantes que impedían otras desgracias. Los primeros peldaños se veían muy bien, los cubría poco el agua. Después la profundidad de ésta se hacia notar e impedía ver los siguientes con la nitidez de los primeros. Su estructura era impecable. A estas preciosas y antiquísimas fuentes iba de vez en cuando con Rosario (que fue y sigue siendo un miembro más de mi familia y que nos ayudaba en casa), y mi cantarilla de barro y tapón de grueso corcho, imitando a las mujeres que veía.
Permanecía embobada, ante aquella cueva de piedra tan en armonía y me asomaba siempre que me lo permitían para gritar eso de ¡Eco....Eco! que tanto me gustaba hacer. En otras ocasiones, disfrutaba de otras fuentes, cuyo émbolo de hierro me tenia fascinada.
Siempre me pareció asombroso que aquel artilugio, aquel brazo tan original en sus movimientos acompasados, pudiesen hacer brotar de las entrañas de la tierra, agua fresca y cristalina como nunca había visto.

Recuerdo también, la herrada para sacar agua y también recuerdo las diestras manos de quienes la manejaban. Atada al extremo de una resistente soga, tenían que hacerla caer hasta tocar el agua, de forma que la línea de flotación, fuese la apropiada para llenarla. No era nada fácil, la herrada se resistía adoptando posiciones nada adecuadas; pero ahí estaban las acertadas maniobras de las mujeres, que con movimientos de vaivén conseguían colocarla correctamente. Después de llenar la herrada, izaban la soga y el reluciente cubo, reposaba en el brocal para luego llenar los cántaros que disciplinados aguardaban un riguroso turno. Mientras, las mujeres hablaban en animada tertulia y se ponían al día de las últimas novedades. A la vuelta, nos deteníamos en los regatos, por entonces muy abundantes y si era la época cogíamos la deliciosa maruja, que había que limpiar muy bien antes de hacer la ensalada. Me encantaba arrancar el musgo que crecía entre las peñas. Un musgo, que era una mullida alfombra de un verde intenso, y que adornó los mejores nacimientos que tuve por Navidad.
A medida que aparecen los recuerdos, más me afianzo en la idea de que fui una afortunada porque tuve una infancia feliz, creativa y plena; rica, además en elementos de la naturaleza, muy presentes en mis juegos y otras actividades.
Por estos parajes, saboree otro tipo de atardeceres también muy bellos. Como si se tratara de la mejor paleta, un sol reventón se perdía en el horizonte de las copas de las encinas en un espectáculo de pura magia y seducción.
 ¡Magnífico marco para sentir palomitas en el estomago!

La trilla
El sol implacable de Castilla, bañaba la era que acunaba parvas bien organizadas. En ellas, yuntas obedientes, se movían a las órdenes del amo, a paso lento pero eficaz. El trillo, se deslizaba sobre la mies con una cierta cadencia. El labrador, se erguía sobre el trillo, con “su pica” y su sombrero. No portaba yelmo, ni montaba Rocinante, pero en su majestuosidad, se adivinaba que era buen conocedor del oficio.
La boyá
Miedo, casi pavor, sentía al ver tantas reses juntas. Cuándo al atardecer regresaban al pueblo, corría a refugiarme en mi casa. Hasta que escuchaba la lejanía de los cencerros, y los bramidos me indicaban que ya estaban encerrados en sus correspondientes tenadas, yo no volvía a la calle. Protegida detrás de mi ventana, verles avanzar en tropel, ya era otra cosa...

Muchas personas y momentos vienen a mi memoria. Citaré algunas

Tere, mi querida Tere, parte de mi familia, cómo nosotros de la suya. Una persona inteligente, integra y muy fiel en los afectos.
Demetrio, su padre, hombre cercano, excelente conversador y de exquisitos modales.

Braulio, el bueno de Braulio, con su sempiterna sonrisa, que nos despachaba el bacalao en Cuaresma, sobre un grandísimo mostrador de madera. En él nos envolvía los productos en papel de estraza casi de forma artesanal.

La casa de Áurea, que era también, un poco mi tía, donde íbamos a buscar la leche, casi siempre al toque de oración.

Germán, excelente persona y magnifico artesano que nos dejó muy pronto. De él conservé muchos años como un tesoro, el lavadero y la tajuela que me hizo de juguete. Me gustaba "ser mayor" e imitar a las mujeres que lavaban. ¡Dura faena la de entonces!. La mayoría de las veces, estas valientes mujeres, antes de hacer la colada tenían que romper el carámbano, con sus manos muy castigadas por el frío

El bar de Belarmino
Allí Paca nos ponía un platito de chochos y una gaseosa mientras los mayores tomaban “un chato”.

Las tardes en casa de Candida
Tardes muy placenteras, en las que las pacientes Matea y Camila, me enseñaron el arte de hacer bolillos, que aun practico. Su taller improvisado, se encontraba bajo el parral espléndido, que a modo de techo, cubría el impoluto patio. Tampoco nos faltaban los pájaros con sus alborotados trinos, que se mezclaban con el repiqueteo de los bolillos en una bonita sinfonía.

La panadería junto a mi casa
Hasta que mis padres me lo explicaron, yo creía que aportando aquella tablilla, la tarja, en la que hacían una muesca, me llevaba a casa un pan sin pagar nada.

Trini, el zapatero
Tan afable entre sus peculiares montones de zapatos, albarcas y botas muy deterioradas. Su rústica mesa de trabajo era un batiburrillo de cordones, leznas, suelas, puntas etc que dispuestas a reparar el calzado tan maltrecho.

Otro muchos monlerienses me dejaron huella
Anselmo y Teresa, siempre cariñosos, siempre serviciales y de amena conversación.
Juan y Juliana excelentes personas y también excelentes maestros que formaron en sus aulas excelentes alumnos, magníficamente preparados para la vida.

Amando, Teresa y sus hijos, cuya relación con mi familia, siempre fue muy estrecha.


Olegario, Cesárea y Olegarín, personas buenas donde las hubiera y muy leales. Al citar a Olegarín, una ternura me invade, recordando a un niño buenísimo e ingenuo, que siempre celebraba las bromas de mi padre y reía con sus chistes.

Bernardita y Conchita que desprendían bondad y dulzura por dónde iban. Desgraciadamente también nos dejaron muy pronto. Injusticias de la vida.


He dejado para el final, por la profunda emoción que me produce, la estampa de tres muchachos, inteligentes, nobles, seductores y muy amantes de la vida. Cándido, Ramón y Pedro, mi hermano. !Tres espadas! a los que a veces había que imponerles un poquito de cordura. De esto se ocupaba mi querido amigo Benito que lo hacia de maravilla.

Comprensible es, lo agradecida que estoy a cuántas personas me rodearon entonces. También quedo agradecida, porque este sencillo recorrido por aquel tramo de mi vida, ha hecho renacer en mí la esperanza de que vendrán tiempos mejores para todos.
Imposible nombrar aquí a todos los monlerenses que para bien estuvieron en mi entorno y a los que no he olvidado.

Al final ha merecido la pena rescatar la memoria del olvido y sentir que aquellos lazos de mi infancia y adolescencia en Monleras, me envuelven de nuevo.

Tina